La Auditoría

Testimonio de Sofía
Archivado para registro histórico
Fecha: 24 de Octubre, 2050.

La Casa Ámbar olía a café, a lluvia y a la esterilidad química de los ansiolíticos de última generación, y aunque intentaban que pareciera otra cosa, no era un refugio sino una clínica de contención disfrazada de hotel boutique. Mi madre y yo llevábamos tres semanas ahí dentro porque el mundo exterior nos resultaba demasiado ruidoso, demasiado hostil, demasiado real.

Toda mi vida me dijeron que mi cerebro era una casa con las vigas podridas. Los médicos me explicaban mi depresión como un fallo mecánico, un desequilibrio químico, una falta de resiliencia, y con el tiempo aprendí a avergonzarme del peso que sentía en el pecho, a disculparme por ver el mundo con un contraste demasiado alto. Mi madre cargaba el mismo diagnóstico y la misma vergüenza, y las dos habíamos aprendido mucho antes de llegar a la clínica a movernos despacio, a no ocupar demasiado espacio, a no hacer ruido. Lo aprendimos en casa, con un hombre que cerraba las puertas con llave y llamaba orden a lo que hacía después. La clínica solo nos puso nombre a lo que ya éramos: estructuras dañadas intentando mantenerse en pie.

Eso creíamos.

El 24 de octubre de 2050, a las dos de la tarde, descubrimos que estábamos equivocadas.

El fin del mundo no suena como en las películas, sino como si te taladraran las muelas sin anestesia. Los teléfonos no sonaron sino que chillaron al unísono, las pantallas parpadearon, y luego llegó algo que todavía no tenía nombre: una presión geológica detrás de los ojos, una vibración sorda que hizo castañear los dientes a todo el mundo en esa sala. Sentí la señal entrar por mis ojos, por mis oídos, clavarse en la base de mi nuca, y esperé que la tristeza por fin me tragara, como siempre había amenazado con hacer.

Sangré por la boca, pero mi mente se quedó quieta, asombrosamente quieta.

Lo que vi a continuación lo he intentado describir muchas veces y siempre me quedo corta. Los que consideraba mas “sanos” fueron los primeros que se rompieron. El terapeuta de mi madre, el hombre de las certezas absolutas, cayó de rodillas con la mandíbula desencajada, babeando en el suelo como un animal acorralado; mientras el señor Ramírez corría hacia el ventanal blindado y empezaba a golpear su cabeza contra el cristal una y otra vez, buscando apagar algo que solo existía dentro de él. Los exmilitares en rehabilitación, los más fuertes físicamente, fueron los que más me asustaron: se levantaron al unísono con los ojos vacíos y comenzaron a marchar, a corear un mantra grave y monótono:  “orden natural, pureza, orden natural”,  como si sus cerebros, aterrados por el vacío repentino, se hubieran aferrado a lo más simple que encontraron, a una sola instrucción clara en medio del ruido.

La única conclusión a la cual mi mente se aferraba para entender lo que estaba pasando, aunque no tuviera palabras científicas para decirlo, era que la rigidez los había matado, que sus cerebros normales resultaron ser de cristal y la señal los había hecho estallar en pedazos, mientras el mío que llevaba años siendo sacudido y había aprendido, sin que nadie me lo enseñara conscientemente, a doblarse…a sobrevivir.

Mi madre cayó al suelo, al principio pensé que era debido a la señal, pero luego me di cuenta por sus gritos que todos los mecanismos que había construido durante décadas para no recordar, para no sentir, para funcionar a pesar de todo, se desconectaron de golpe, y la escuché rogar por su vida, de la misma manera que lo había hecho cuando era  niña, cuando aún no sabíamos que gritar no servía de nada. Me arrodillé a su lado, le tomé la cara y le hablé, y mi voz no tembló, aunque todavía no sé de dónde saqué esa fuerza, salvo que probablemente lo saqué de lo mismo de donde había sacado todo lo demás: de años de practicar la calma en entornos donde la calma era imposible.

Fue entonces cuando sentí la mano de Mateo en mi hombro. Llevaba semanas en la clínica por razones distintas a las mías, su cerebro cartografiaba el mundo de una manera que el mundo no estaba diseñado para recibir, y yo siempre lo había visto desde la distancia, viendo como trazaba patrones en su tableta sin levantar la vista porque no la necesitaba. Ese día tampoco mostró pánico, sino que me miró directamente, cosa que casi nunca hacía, y no dijo que todo iba a estar bien, pero Mateo no funciona así. Hubo un agarre firme, la presión exacta y necesaria, y luego solo dijo: “El entorno es hostil. Hay que escondernos.” Juntos corrimos hacia una oficina y el usó un archivador de metal para bloquear la puerta.  Solo nos quedaba escuchar, como desde el otro lado, el mundo se destrozaba a sí mismo.

Horas después llegó Daniel, un soldado joven de nuestro grupo de rehabilitación por trauma, con el uniforme manchado de hollín, con esa mirada despierta que solo ocurre cuando estas en modo supervivencia. Después supe que él también era de los nuestros, de los que la señal no había podido romper, aunque eso ya nos hacía objetivo porque los que diseñaron la FRC no querían sobrevivientes que no encajaran en su idea de orden; Su plan consistía en no dejar si no unos cuantos supervivientes, así que los que no caían por la frecuencia caían por otras razones.

Daniel nos sacó por una salida de emergencia, nos metió en un vehículo blindado y nos llevó a un centro de mando improvisado en Medellín, donde lo que encontramos era difícil de describir de otra manera que no fuera el esqueleto de una civilización intentando entender su propia muerte: generales gritando por radios que nadie contestaba, pantallas mostrando mapas donde los puntos rojos se multiplicaban en tiempo real, y alguien repitiendo por los altavoces palabras que todavía no tenían definición completa, frecuencia de resonancia cognitiva, pérdida de la voluntad, catatonia.

Mateo y yo nos sentamos contra la pared con mi madre dormida entre nosotros, agotada, y mientras nosotros observábamos una sala hecha para resistir a cualquier ataque, entrar en un pánico inexplicable. Miré mis manos manchadas de sangre y pensé en el diagnóstico de la clínica, en las palabras exactas del informe: depresión clínica severa, falla de adaptación.

Al parecer se habían equivocado. Nuestras vigas no estaban podridas, eran de bambú, y cuando llegó un huracán nunca antes previsto, fueron las únicas que no se partieron.

No estábamos enfermas, Estábamos diseñadas para esto.

Carrito de compra