El Perímetro

Testimonio de Marcela
Archivado para registro histórico
Sin fecha exacta, aprox. 2073-2075

El olor a tierra mojada y hojarasca en descomposición es uno de los aromas más honestos que conozco, sin artificio, sin pretensión, solo el proceso inevitable de lo que muere convirtiéndose en lo que alimenta. Lo aprendí a amar en los cerros orientales de Medellín, donde pasé la mayor parte de mi adolescencia aprendiendo que sobrevivir no era lo mismo que vivir, aunque por mucho tiempo confundí las dos cosas.

Tenía tres años cuando ocurrió la Hora Cero. No recuerdo los rostros de mis padres biológicos, solo el eco de los gritos y el olor a quemado, y el silencio que vino después, ese silencio particular que no es ausencia de sonido sino ausencia de vida. Sofía y Mateo me encontraron al lado del cadáver de una mujer que supusieron era mi madre, aunque nunca pudimos confirmarlo. No me adoptaron con papeles ni con ceremonias porque en ese momento no quedaban instituciones que lo avalaran; simplemente me cargaron, me llevaron con ellos y no me soltaron. Eso fue suficiente para mí, y lo sigue siendo.

Lo que construyeron Sofía y Mateo en esos años no tiene nombre todavía en los libros, porque los libros tardaron en volverse a escribir, pero yo lo llamo lo único que me parece preciso: un intento. Un intento sostenido, agotador y a veces desesperado de demostrar que era posible organizarse sin destruirse, de levantar algo parecido al orden sin repetir los errores del orden que se había roto.

Los Refugios Seguros no eran ciudades, eran organismos vivos que respiraban según la energía de quienes los habitaban, y el nuestro, tallado en el corazón de una montaña al sur del Valle de Aburrá, olía a ozono de purificadores y a clorofila de los laboratorios hidropónicos que eran nuestras arterias. Sofía dirigía el área psicológica y académica; Mateo comandaba los Protectores. Yo, cuando fui suficientemente mayor para cargar un rifle sin caerme, empecé a salir con los equipos de campo.

Me formé para leer el caos antes de que el caos me leyera a mí. Mi ansiedad, que Sofía siempre se negó a llamar defecto, se convirtió en mi herramienta más afilada: mientras otros reaccionaban, yo ya había trazado en mi mente diecisiete formas en que algo podía salir mal y tres planes de contingencia para cada una. Sofía decía que mi cerebro simplemente no podía evitar mapear el territorio, y tenía razón, aunque eso no hacía más fácil vivir con él.

La noche del rescate era una operación de las que yo prefería: objetivos claros, variables conocidas, cero margen para la improvisación sentimental. Apoyada contra el tronco de un sietecueros, con el rifle de pulso frío contra mi mejilla, observaba el campamento de los Hijos de la Disonancia desde la distancia necesaria para ver sin ser vista. Eran uno de los tantos grupos que habían nacido del colapso con la certeza de que la Gran Resonancia había sido un mensaje divino, y que su trabajo era completar la purga que la señal había comenzado: mujeres solteras, prostitutas, neurodivergentes, cualquiera que no encajara en su idea de orden natural y linaje puro era considerado residuo. Dentro de esas carpas estaban las mujeres que habían secuestrado para sus programas de reproducción forzada, y mi trabajo esa noche era sacarlas.

La operación fue un susurro de violencia contenida: nos movimos como fantasmas entre los centinelas, silenciosos y precisos; y el caos, aunque breve, fue brutal de la manera en que solo puede serlo cuando no queda otra opción. Cuando las carpas se abrieron, las mujeres salieron parpadeando ante la luz de nuestras linternas con esa expresión particular que aprendí a reconocer con los años, una mezcla de incredulidad y terror de que esto también pudiera ser una trampa.

Las fui guiando hacia el camión blindado que esperaba en el punto de extracción, ayudándolas a subir una por una, hasta que llegó la última de la fila. Incluso cubierta de barro y con la ropa rasgada se movía con una presencia que desentonaba con todo lo que la rodeaba, alta, de piel oscura y luminosa; y cuando levantó la cabeza para aceptar mi mano nuestros ojos se encontraron. Los suyos eran de un color avellana claro, casi dorado, y me sostuvieron la mirada con una firmeza tranquila que no esperaba encontrar en alguien que acababa de pasar por lo que ella había pasado. Asintió con una dignidad que me descolocó más de lo que quise admitir en ese momento, y subió al camión.

Cerré las puertas y golpeé el metal dos veces para que el conductor arrancara, y me quedé en la montaña con el ruido habitual de mi cabeza procesando variables y calculando la retirada, aunque algo en ese ruido había cambiado de frecuencia sin que yo supiera todavía por qué.

Los días que siguieron al rescate fueron, tácticamente hablando, los más simples de esa semana y, en todos los demás sentidos, los más difíciles de gestionar.

Las mujeres rescatadas se integraron al Refugio con una velocidad que siempre me ha parecido uno de los testimonios más honestos de la resiliencia humana: la capacidad de adaptarse no porque el dolor haya desaparecido sino porque la alternativa es peor. Sofía se encargó de sus evaluaciones con la delicadeza metódica que la caracterizaba, y Mateo supervisó su incorporación a las rutinas del Refugio. Yo las veía en el comedor, en los pasillos hidropónicos, en los talleres de entrenamiento básico; sus rostros cambiando gradualmente del terror a una serenidad cautelosa que no era felicidad pero sí era algo, y entre ellas veía a Delia.

Supe su nombre por los registros de Sofía: Delia. Se había despojado del barro y vestía el uniforme estándar del Refugio con una naturalidad que hacía que la prenda pareciera otra cosa, y trabajaba en el área de agricultura con una eficiencia silenciosa que hablaba de alguien acostumbrado a hacer las cosas bien sin necesitar que nadie lo notara. Cada vez que yo estaba cerca de ella el sistema que tan bien funcionaba en el exterior me fallaba por completo, y eso era un problema que no sabía cómo categorizar en ninguno de mis esquemas de contingencia.

Lo intenté tres veces y las tres fueron humillaciones silenciosas que no le conté a nadie, ni a Sofía, que con toda probabilidad lo habría teorizado con amabilidad clínica. El primer intento fue en el comedor, con un objetivo tan simple que debería haberlo podido ejecutar dormida: llegar a la silla vacía frente a ella, pero cuando levantó la vista y esos ojos dorados se fijaron en los míos con una curiosidad tranquila me detuve en seco, di media vuelta y marché hacia el dispensador de agua fingiendo que ese había sido el plan desde el principio. El segundo fue en los laboratorios hidropónicos con la excusa de revisar niveles de nutrientes, y cuando estaba a un metro de ella con la Pizarra Digital en la mano a modo de escudo pronuncié algo ininteligible sobre parámetros iónicos y salí de ahí casi corriendo.

Yo, que había dirigido asaltos nocturnos en territorios sin ley, era incapaz de decir hola. Mi ansiedad, aliada estratégica en el campo, se convertía aquí en su peor versión: no la que cartografiaba amenazas sino la que las inventaba donde no existían, transformando cada posible conexión en un campo minado que yo misma sembraba.

Esa noche me encerré en mi oficina, rodeada de mapas y manuales, que era el único territorio donde sabía con certeza quién era, y me sumergí en algo que sí entendía: una anomalía que llevaba días registrando en silencio. Una fluctuación de energía cerca del laboratorio de inmunidad, un error de conteo en un reporte de inventario, una microinterrupción en las comunicaciones con un puesto de avanzada. Por separado eran insignificantes; juntos dibujaban el contorno de una sombra, y yo llevaba años aprendiendo que las sombras merecen atención antes de que se conviertan en otra cosa.

Estaba tan inmersa moviendo un alfiler rojo sobre el mapa topográfico que casi no escuché los golpes en la puerta, y cuando dije adelante sin apartar la vista, lo que entró fue ella, Delia.

Lo que ocurrió en los siguientes segundos lo he revivido muchas veces y todavía no encuentro la manera de describirlo que no suene a excusa, así que lo describiré como fue: la vi cerrar la puerta, sentí el pánico social que me había perseguido toda la semana dispararse en mi pecho, y entonces en el lapso de dos latidos el mundo cambió de naturaleza por completo. El movimiento fue fluido y brutal, se agachó, de la caña de su bota brotó el filo de un cuchillo y antes de que mi mente procesara lo que veía ya se abalanzaba sobre mí.

El instinto, que es lo que queda cuando el pensamiento no tiene tiempo, tomó el control. Me lancé hacia atrás, la silla volcó, el filo rasgó el aire donde mi garganta había estado un segundo antes, y rodé para ponerme de pie buscando distancia y espacio para pensar.

La llamé por su nombre dos veces. No hubo respuesta porque no era ella, o más precisamente: era su cuerpo sin su voluntad, y eso es lo más perturbador que he presenciado en todos estos años, no la violencia en sí sino la ausencia de la persona dentro de ella. Sus ojos no tenían expresión. Era lo que después Sofía llamaría un agente durmiente: la FRC en su versión más insidiosa, no el arma de caos masivo de la Hora Cero sino una cepa de control directo, un código latente activado por un pulso de baja frecuencia que solo abría las cerraduras que un catalizador químico había preparado previamente en suministros contaminados. Un caballo de Troya neurológico, meticuloso y paciente.

Pero eso lo supe después. En ese momento solo supe que no podía salvarla de esa manera, que incapacitarla sin herirla era imposible porque estaba programada para no sentir dolor, y que la elección se había reducido a su vida o la mía con una simplicidad que no le hace justicia a lo que sentí al tomar esa decisión. Cuando se abalanzó por tercera vez agarré el calibrador de presión metálico de mi escritorio, desvié su brazo con el mío, y la golpeé en la sien con toda la fuerza que tenía. El impacto fue sordo y definitivo, y Delia se desplomó a mis pies con el cuchillo resonando en el suelo.

Me arrodillé a su lado jadeando, con la sangre de mi antebrazo goteando sobre su rostro sereno, y apreté el botón de alarma.

Sofía y su equipo trabajaron sin descanso durante días hasta dar con el contra-agente, y salvaron a varios de los afectados, entre ellos a Delia. Pero yo no pude acercarme a ella durante esa semana y no quise examinar demasiado si era por cautela táctica o por algo que no sabía cómo nombrar todavía.

Una semana después la puerta de mi oficina se abrió y era ella, y esta vez sus ojos eran los suyos: llenos de luz, de vida, y de una culpa oscura y profunda que reconocí porque la había visto en otros rostros y en el mío propio algunas veces. Se detuvo frente a mi escritorio sin rodeos.

—Recordé algo mientras estaba bajo control —dijo—. Escuché cosas. Sé dónde está su base principal.

La miré un momento antes de responder.

—¿Y qué quieres que haga con esa información?

Su barbilla se alzó con una determinación que no tenía nada de performativa.

—Quiero que arda hasta los cimientos. ¿Vienes?

Analicé las variables durante exactamente el tiempo que me tomó entender que ya había tomado la decisión antes de terminar de analizarlas, y eso también era información sobre mí misma que guardé para después.

—No necesitaremos explosivos —respondí—. Solo necesito a alguien que me cubra la espalda.

Ella sonrió, una sonrisa lenta y absolutamente deslumbrante, y algo en mi pecho se acomodó en un lugar donde antes había solo ruido.

—Entonces tienes a alguien —dijo, y luego frunció el ceño buscando en los fragmentos de su memoria—. El científico que diseñó el catalizador, el que sentí susurrando en mi mente cuando creían que estaba inconsciente, tenía un apellido. Lo escuché una sola vez.

Me incliné sobre la mesa.

—¿Qué apellido?

Delia me miró con esos ojos dorados.

—Mendoza.

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